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| Fuente: The Independent Photographer |
La obra de Wong Kar-wai es de esas que caben enteras en una sola canción, versionada sin descanso. Uno puede entrar por “As Tears Go By” o por “The Grandmaster”, por el ruido de las tríadas o por la lluvia sobre un vestido de Maggie Cheung, y da lo mismo, porque siempre terminas escuchando el mismo estribillo, el de alguien que amó a destiempo, que llegó tarde o se fue temprano, y ahora sobrevive sabiendo que lo único verdadero que le pasó en la vida ya pasó. No es un director con muchos temas, más bien tiene uno solo, por ende es sobre todo obsesivo con ello, y le ha ido encontrando arreglos cada vez más finos durante treinta años. Y como todo gran obseso, no repite por falta de imaginación, repite porque cree que todavía no ha logrado decirlo del todo bien.
Por eso lo reconocemos en cuatro fotogramas, y un neón que sangra sobre un cristal empañado, en un cuerpo que se mueve más lento que el mundo que lo rodea, una voz en off que murmura lo que jamás se diría en voz alta, así es su timbre, grave, íntimo, intransferible. Los técnicos tienen nombres para el truco, el undercrank y el step-printing, esa maquinaria que produce el «movimiento congelado» donde todos se emborronan y a la vez quedan clavados en la retina, tiernos y violentos en el mismo gesto.
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| Fuente: The Independent Photographer |
De ahí la vieja acusación, la del esteticista, la del director de postales lindas y huecas, pero esa es una acusación que no entiende nada, porque en él la superficie es la herida y junto a Christopher Doyle, su director de fotografía de cabecera, y a William Chang, que le viste, decora y le monta las películas, Wong afinó una paleta donde cada tono tiene sus mímicas, el azul de “Chungking Express” suena a despedida, el rojo de “In the Mood for Love” se vive como una pasión que dos vecinos solitarios sienten y se prohíben, y los verdes que se cuelan por los bordes se asemejan a dos matrimonios cayéndose a pedazos en silencio. Es un cine que se puede oír con los ojos. Y toda esa belleza, conviene decirlo, está hecha a mano y a vaivenes, sin guión firme al que agarrarse, con la misma precariedad de las vidas que retrata, lo que vuelve la palabra «esteticismo» todavía más miope.
Música que sostiene a una ciudad en llanto
Hong Kong es el gran personaje, no es un decorado, la visita, la revisita, la lleva al pasado o al futuro, la filma de noche entre vapores y letreros hasta volverla tan mítica como París, y a su vez su antítesis exacta, si París es la ciudad del amor, la Hong Kong de Wong es la del desamor, ese lugar que produce con crueldad de metrópoli más soledad y más gente amontonada. Otros directores han hecho de una ciudad su tema central y la han leído de maneras opuestas, Bong Joon-ho por ejemplo, entendió Seúl como un mapa de clases, con sótanos húmedos y mansiones en la altura; Wong Kar-Wai hace lo contrario, borra la geografía, disuelve la ciudad real y deja flotando apenas un estado de ánimo. La ciudad siente lo mismo que sus habitantes, cuando ellos se quiebran a ella también le da por llorar, y diluvia sobre personajes que se cruzan sin hablarse.
Y acá hay un detalle que a nosotros, que venimos de la música, nos deja clavados en la butaca. Wong dice que la música es para él un color más, algo que graba y guarda hasta encontrarle imagen, que la usa para imponer ritmo al rodaje, trabaja, en el fondo, como si imprimiera allí un disco, primero suena algo y después se ve. El resultado es un mestizaje raro e imperfecto, un cine cantonés cuyo corazón late, y que por eso mismo se nos mete por un costado que ninguna película de Hong Kong debería poder tocar.
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| Fuente: The Independent Photographer |
Atrapados en el bucle, entre el reloj y la fecha
Todo gira alrededor de un mismo individuo, aunque cambie de nombre y de actor. Es un galán averiado, seductor y cobarde, altanero y quebradizo, que provoca un dolor que después no se cansa de llorar, y lo encarnan siempre los mismos rostros, Tony Leung, Leslie Cheung, Takeshi Kaneshiro, ese elenco fiel que Wong mueve de película en película. A su alrededor reparte objetos con vida propia, un vaso escondido que confiesa un amor cuando ya es tarde, una lata de piña con fecha de vencimiento que le pone plazo a un duelo, un botón guardado durante años como único vínculo posible entre dos que se amaron y soltaron el para siempre, pero sobre todo los relojes que no avanzan. Todo el universo que ha creado cabe en esos gestos, pero uno no se queda por saber cómo termina, (que casi nunca termina), sino porque Wong consigue lo que casi nadie, volver tangible el desamor, ponerlo en cosas que se pueden tener en la mano.
Hay una fecha escondida en todo esto, y es la que vuelve político su discurso “2046” no es un número al azar, es el último año de la promesa de «un país, dos sistemas» que Pekín le hizo a Hong Kong tras la devolución del 97. Por eso su nostalgia funciona en dos tiempos a la vez, como empuje de los sesenta que recrea, con los dialectos, la comida y los vestidos imposibles que ya no existen. Sus largometrajes también son la reconstrucción soñada de su propia infancia de emigrante. Sin saberlo del todo, filmó la elegía anticipada de una ciudad que se iba a perder.
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| Fuente: MUBI |
Al final levantó un mundo entero con los materiales más frágiles que existen, el humo, la lluvia, una canción prestada, un objeto sin importancia, un minuto que alguien decidió conservar, y sus personajes persiguen con desesperación algo que ya ocurrió, y en esa imposibilidad, encontró la fórmula de un cine que no podemos dejar de mirar. Quizás porque todos, alguna vez, congelamos algo en el tiempo, y aunque él lo niegue, a veces uno filma, o escribe, o pone la misma canción por enésima vez, para asegurarse de que aquel amor, el único que de verdad existió, no se borre del todo.
Si nunca lo has visto, entra por “In The Mood For Love” después “Days of being Wild” y “2046” que forman con ella una misma trilogía sobre el tiempo y el deseo, y si prefieres a un Wong más joven y luminoso “Chungking Express” vale la pena porque casi nadie ha filmado así el amor que no fue. Casi todo su catálogo está disponible en MUBI.
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